Crónica de una
muerte asegurada.
Eran las 6:50
zigzagueba mi nave, era mi taxi un volks wagen, del año 68. Me levanté ese día
a darle de comer a Roberto, novio de Ninfa (mis periquitos australianos que de
hecho son de mi mamá), yo nunca les doy de comer pero por primera vez lo
intenté. Abrí la jaula con cuidado (o quizá sin tanto) y Roberto con un solo
movimiento saltó de la jaula y cayó al suelo. Pepe y Laika mis disque ya
educados y bien portados perritos chihuahuas corrieron a devorar al pobre
perico. Fueron segundos en los que el pobre perico intentaba huír de los
afilados y pequeños dientes de Pepe sin lograrlo con éxito.
La sangre. Las
plumas. Los gritos. Los perros. Mi mamá. No podía creer nada de lo que estaba
viendo, había sangre regada por todos lados. La pared blanca y manchada de rojo
anunciaba la muerte del perico de una forma inminente y mi corazón acelerado,
mi cabeza llena de pensamientos fugaces cargados de culpabilidad premeditando
que ojalá hubiese tenido un poco de cuidado no me dejaba pensar con claridad.
Cuando por fin
logré atrapar en mis manos al periquito y se estaba desangrando, observaba con
mucha tristeza lo difícil que le era respirar y el gran hoyo que los colmillos
de Pepe o de Laika habían dejado en sus pequeñas costillitas. Corrí y entré a
la casa, mi mamá fue rápidamente por el botiquín (o fui yo, no lo recuerdo) e intenamos
curar al perico. Era demasiado tarde y debía irme a trabajar así que me fui de
la casa llorando inconsolablemente por el daño que yo le había causado al
perico, lloraba de tristeza y de miedo pero conforme transcurrió el día me
calmé y esperaba el momento en que mi mamá llamara y me dijera que Robertito
había muerto.
No sucedió, sí
me llamó pero para decirme que el periquito se estaba recuperando de una manera
sorprendente. Cuando llegué en la noche a la casa efectivamente el perico
estaba mucho mejor pero con una especie de muñón en una de sus patitas que la
verdad me daba un poco de guaqui.
Periqueitor lo
nombramos ya que era una especie de perico zombie que había superado la muerte,
había ido allí y había vuelto pero
recargado.
Ayer me acerqué
a la jaula de Periqueitor y sucedió lo más extraño que mis ojos han visto. NO
HABÍA MUÑÓN. Había una pata y yo juro por la virgenshita plis que no estaba y
la movía incluso. No sé qué sucedió pero mis salvajes mascotas aún viven todos
en estado salvaje y muy felices.
Por Samantha Salinas


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